miércoles, 26 de septiembre de 2018

SINTOÍSMO, LA RELIGIÓN DE JAPÓN


Antes de que la cultura china llegase a Japón, a través de Corea, e implantase en su suelo el confucianismo (siglo IV d. de J. C.), religión típica del antiguo Celeste Imperio, y el budismo (siglo VI), creencia importada a los países del este asiático desde la India, hubo un conjunto de nociones religiosas autóctonas, en las que se mezclaban de modo inconexo, sin sistematización alguna, los cultos a la naturaleza, antepasados y héroes, que más bien podrían definirse como un cúmulo de supersticiones, si no se opusiera a ello la existencia de mitos dispersos. Esta primitiva fe popular es lo que se denomina sintoísmo.

No disfrutó éste de una existencia apacible. El budismo, que se había infiltrado en el Japón, y el confucianismo anterior, le amenazaron.

El sintoísmo hubo de claudicar y quedó asimilado a las dos religiones continentales, sobre todo al budismo, hasta que la política xenófoba del siglo XVIII motivó su resurrección como doctrina ritual del Estado. No obstante, hoy día, por hechos históricos que son del dominio público, el número de los sintoístas disminuye velozmente ante los embates de la cultura occidental.
 




La más remota fe japonesa se basaba en la veneración de objetos y cuerpos denominados kami ("superior"). Kami era cuanto despertaba un sentimiento fuera de lo corriente, por ejemplo, asombro o miedo. No es de entrañar, pues, que lo fueran el Sol, la Luna, los astros, los vendavales, las tempestades, los ríos, los saltos de agua, etc., y, por extensión, cosas menos sublimes y más usuales, tales como árboles de corpulencia excepcional, animales, rocas deformes o minúsculos insectos.

Los objetos naturales y los seres humanos se consideraban dotados de espíritu vital, que se expresaba con una especie de inteligencia propia, de índole elevada. Se trataba, por lo tanto, de una concepción animista del mundo. Este animismo es uno de los estratos que se aprecian en las primitivas creencias japonesas.

Pero hubo además otras dos capas, una anterior y otra posterior a él. En la primera, el creyente adoraba al ser o cosa sin formularse preguntas sobre él a fin de tener una idea clara sobre el mismo; en la posterior, los innumerables espíritus que había en el mundo adquirieron una imagen cada vez más semejante a la del hombre, y se formaron leyendas fantásticas sobre dioses. A este estrato correspondió también la deificación de los jefes, héroes, bienhechores y familiares muertos, que se resolvió en el culto de los antepasados.

El kami evolucionó gracias a las ideas religiosas importadas de China y se estructuró paulatinamente en un sistema, el sinto (Shinto ), voz china que significa "camino de los espíritus o dioses". Los santuarios de esta antigua concepción religiosa —mejor sería decirlo en plural— fueron al principio los lugares en que estaban las cosas que despertaban el pavor o el respeto, o bien las cosas mismas que los causaban. Después, por lógica evolución, se construyeron alrededor de ellos toscos edificios de piedra o madera.

En especial, merecieron esta atención los tres objetos más famosos en este sentido, puesto que fueron adoptados como emblemas de la autoridad imperial: la espada, el espejo sagrado y la peineta o joya de forma curva para el tocado.

El elemento espiritual del sintoísmo fue muy rudimentario y lo mismo puede aseverarse de su moral. La vida más dichosa, el dechado a que aspiraban los hombres, era estrictamente físico y sensual. Por ejemplo, se ofrecía a los dioses lo mismo que los fieles ansiaban recibir de ellos.

Las nociones sobre la existencia de ultratumba no se conocen más que de una manera confusa. Parece ser, según las fuentes, que el destino definitivo del ser humano era un reino tenebroso, ante el cual no se alzaba la esperanza de un paraíso o cielo.

Se sabe que los dioses se dignaban a descender en ocasiones de su reino superior y muy poco más. De las deidades puede decirse, basándose en los mitos, que se hallaban divididas en dos grupos principales: las siete generaciones de dioses celestiales —entre los que destacan los que representaban las potencias creadoras— y otros posteriores y terrenales.

El mito de la cosmogonía está relacionado con la última pareja de divinidades celestiales. El caos primigenio, semejante a un huevo informe, contenía gérmenes. De él surgió algo parecido al brote de un bambú, que fue una deidad, y al unísono nacieron otros dioses, en siete generaciones, por parejas de hermano y hermana.

El octavo y último par se llamó Izanagi e Izanami. Éstos, por orden de los dioses aparecidos antes que ellos, y situados en el puente flotante de los cielos, hundieron una lanza en el caos, y con ella batieron, hasta espesarlo, el líquido de que aquél estaba formado. Sacaron la lanza, y unas gotas de barro cayeron al océano y se convirtieron en la isla de Onogoro. Izanagi e Izanami bajaron a ella, se ayuntaron y engendraron cierto número de islas y de dioses. Las islas fueron el archipiélago nipón.

Muerta Izanami, su hermano y esposo produjo varias deidades más, en especial tres de gran importancia: Amaterasu, el Sol, de su ojo izquierdo; Suki-Yomi, la Luna, de su ojo derecho; y Susanowo, la Nube tempestuosa, de su nariz.

Suki-Yomi desaparece prontamente de los relatos míticos. En cambio, Amaterasu y Susanowo ocupan un lugar central en los mismos. Izanagi, que puede tenerse por la personificación del Cielo creador, puso a Amaterasu por señora de los llanos de los cielos superiores y le donó un collar de gemas espléndidas.

Susanowo, el "Macho impetuoso", apasionado y sombrío, recibió el dominio del llano del mar, pero no se dio por satisfecho. Desde entonces, en resumen, combate con rabia a su hermana Amaterasu y hostiga a los hombres con fuegos destructores.

A estos dioses principales, cuyas luchas y peripecias son casi interminables, están sometidos, en lo que se refiere a su importancia, otros, de algunos de los cuales haremos mención.

Okuninusi, dios de la Luna, y su hijo, Kotosironusi, se han convertido en la actualidad en las populares deidades de la riqueza, con los nombres de Daikoku y Ebisu. Aquél se representa sentado en gavillas de arroz y éste tiene un pescado en las manos; como se ve, la riqueza está simbolizada en términos de manjares, precisamente los básicos en la alimentación de los nipones.

La diosa de la alimentación propiamente dicha es Ukemosi, de la cual nacieron el caballo, el buey, el mijo, los gusanos de seda, la hierba, el arroz, las habas y otros cereales.

El dios enano Sukuna-bikona creó las artes médicas con Okuninusi.

La fundación de la dinastía imperial japonesa, se narra como sigue: Amaterasu tuvo por artes mágicas un hijo, Homimi, quien le dio un nieto llamado Ninigi. Por disposición de Amaterasu, Ninigi descendió del cielo con un cortejo de sacerdotes y nobles, depuso al soberano dios que entonces gobernaba, o sea a Okuninusi, y estableció la dinastía que rige el Japón desde hace dos milenios.

El dios depuesto asumió otro cargo, asimismo de gran importancia: el de gobernante de lo "invisible", es decir, de aquello que el emperador efectivo no puede vigilar, como son los pensamientos y las acciones ocultas.

Okuninusi se encarga de castigar y de recompensar, por medio del mal y del bien, la conducta de los hombres. Los dioses tutelares de cada provincia le comunican desde entonces cuál ha sido el comportamiento de sus respectivos súbditos, que averiguan escrutando sus almas. Para ello, acuden anualmente, en el mes de octubre, al santuario de Okuninusi, que está en la provincia de Izumo. Fue hasta cierto punto lógico, dada su nueva función, que tal divinidad se transformase con el tiempo en gobernante de los difuntos, que nada pueden disimular en su presencia.

En un principio, cada clan tenía un dios propio; el jefe del clan hacía las veces de sumo sacerdote de su culto y era considerado semidivino. A esa deidad particular se presentaban los niños para que los adoptase y también para darles el nombre que llevarían el resto de su existencia.


Los sacerdotes sintoístas no pretenden gozar de autoridad ni de santidad especial. Tampoco usan un hábito determinado, salvo durante la ejecución de las ceremonias rituales, y pueden renunciar a su cargo en cuanto se les antoje; además, contraen matrimonio y transmiten por herencia la función de sacerdote a sus descendientes. Su actividad es simplemente litúrgica. Raras veces intentan orientar en sentido ético la vida de los fieles, pero, cuando lo hacen, por lo general en sermones pronunciados ante la comunidad de los sectarios, recomiendan tomar por ejemplo a los dioses y obedecer las leyes que dictan los gobernantes.

Se celebran fiestas de toda índole. Las más notables son la Kagura y la Obarsi. La Kagura consiste en una ceremonia de carácter popular, dedicada a cualquier dios, por medio de las servidoras del templo —que suelen ser las hijas del sacerdote que reside en él— con música, danzas y ofrendas de manjares. Se lleva a cabo a petición de cualquier fiel, sobre el que pesan los gastos de la fiesta. La Obarsi es, sin discusión alguna, el festejo más célebre por la finalidad que tiene: se efectúa en beneficio —y en nombre— de toda la nación el último día de los meses de junio y diciembre.

Los numerosos rituales que registran las colecciones —entre ellas destaca el rengisiki o "Ley de las ceremonias"—, tienen por fin la expresión de los motivos que asisten a cada hombre para hacer ofrendas a los dioses. No estamos, pues, ante peticiones de carácter gratuito, ni ante simples oraciones, sino que lo esencial para que las deidades escuchen a los fieles son las ofrendas, no la piedad ni el reconocimiento de su superioridad sobre los humanos.

Tras la llegada del budismo, que dio nuevo impulso al culto de los héroes y de los antepasados —lo que acarreó la divinización de personas destacadas en cualquier actividad, sobre todo la politica, y algunas de las cuales fueron dioses en vida— el pueblo japonés celebró las fiestas religiosas, muy abundantes, despreocupándose de si su origen era sintoísta o budista. De este modo nació un extraño sincretismo, que tuvo repercusión incluso en las esferas de competencia de algunas deidades.

La fiesta más bien vista de todos es la del principio del año nuevo, entre el 1 y el 3 de enero. La del 5 de enero se celebra en Futamino-Ura y en ella se unen en matrimonio dos peñas, que simbolizan a la pareja formada por Izanagi e Izanami; la del 3 de abril se dedica a las muchachas; en el 8 del mismo mes se bautiza a Buda; el 15 de mayo es la fiesta de los jóvenes, etc.

Asimismo, como hemos señalado, algunos dioses se vieron desplazados de sus funciones originales; por ejemplo, Daikoku se transformó en el dios del arte. Otras divinidades curiosas, sobre todo por los festejos que suscitan, son Sumida, el río que cruza la ciudad de Tokio, e Inari, que habita en las zorras, animales, como se sabe, astutos y llenos de maldad.

 

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