Lo sagrado, en Melanesia, se llama mana, o sea el poder sobrenatural que tiene cualquier ser vivo u objeto que obra de modo fuera de lo común.
La fertilidad de una tierra no depende de la laboriosidad de su propietario, sino de que el suelo esté henchido de mana; el guerrero que triunfa tiene el mana del espíritu de un héroe difunto que le robusteció. El mana obedece al uso de amuletos.
En lo que se refiere a la procreación, los melanesios piensan que el padre tiene una relación indirecta con el nacimiento del niño. El varón interviene únicamente para facilitar la entrada en la mujer del embrión, el cual se origina de un modo trascendental, tal vez como la reencarnación de la porción espiritual de un antepasado.
