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martes, 5 de junio de 2018

LA MUERTE, EL WALHALLA Y EL NIFLEIM (INFIERNO) EN LA MITOLOGÍA GERMANA


Según los germanos, Odín enviaba a sus walkirias o vírgenes celestes (las apsaras de los indios) a elegir entre los guerreros tendidos en el campo de batalla a los que debían subir al Valhalla o paraíso de los valientes, mansión de eterna felicidad, en la cual los elegidos gozan de inefables delicias, comiendo y bebiendo sin tasa y librando entre sí por vía de distracción tremendos combates.

El nifleim, o infierno, es un lugar inmensísimo y sumido en lóbrega y perpetua noche, donde se hallan relegados los malos, sin otro tormento que el de las eternas tinieblas. Véase como se quiera, no deja de ser notabilísima esa concordancia de todos los pueblos en un punto tan importante como el de la sanción de la eterna justicia en lo infinito del tiempo. Los germanos ponían una moneda en la boca de los difuntos, como los griegos y los romanos, para que pagasen su pasaje al barquero que debía conducir sus almas al otro mundo.


En medio de todo, esos germanos del Norte gozaban de una singular despreocupación debida a la excesiva confianza que tenían en su propio valor.

Los héroes de sus leyendas no temían, como suele decirse, ni a Dios ni al diablo, pues así se batían con las más altas deidades de su Olimpo como con los semidioses, los gigantes, los monstruos, los espectros y los vestiglos de todo linaje y catadura, jactándose de que ninguno de esos seres extraordinarios había logrado poner espanto en sus corazones.