No se trata de una cabra, como suele creerse, sino de un animal fabuloso, cuya parte anterior es, sí, la de una cabra, pero la posterior está encerrada en una concha marina del género de las caracolas. Semejantes monstruos, como el hombre-cangrejo, se encuentran con frecuencia en la cosmogonía babilónica.
Sin embargo, ningún mito griego ha podido adaptarse a este signo zodiacal. Los mitólogos salieron del paso atribuyéndolo al dios Pan, de frente cornuda, célebre por haber utilizado una caracola para sembrar el «pánico» entre los Titanes.
De todos modos, en el terreno mitológico no cabe duda sobre la identidad de la protectora del signo, que no es otra que la diosa Vesta. Vesta (en griego, Hestia), fue uno de los seis hijos de la pareja formada por Saturno y Rea. Era, por tanto, hermana de Ceres, de Juno, de Júpiter, Neptuno y Plutón. Vesta fue a la vez la primogénita y la benjamina de sus hermanos, Recordemos que Saturno se tragó a todos sus hijos y luego fue devolviéndolos uno a uno. Vesta, que fue la primera en ser engullida, no salió de nuevo a la luz del día, sino en último lugar. De esta condición particular, obtuvo de Júpiter ciertos privilegios con gran facilidad. Así pudo rechazar a Neptuno que la pidió en matrimonio y después a Apolo. Consiguió, incluso antes que Palas Atenea y Diana, el derecho a permanecer virgen y sustraerse al poder de Venus de suscitar en dioses y mortales las pasiones más violentas.

