Neptuno era el hermano gemelo de Júpiter, y como tal, hijo de Saturno y de Rea; recordaremos que su madre lo había salvado de la glotonería de Saturno confiándolo después a unos pastores entre los cuales creció y se hizo fuerte y vigoroso.
En el reparto del imperio del mundo, le tocó a Neptuno la soberanía de los mares. Neptuno la aceptó a falta de otra cosa mejor, resignado, pero poco satisfecho. Así nació en él la idea de conspirar contra Júpiter. Y habiendo sido vencido en su lucha desigual, como castigo, le fue prohibido el cielo.
Arrojado pues de la mansión divina, se vio obligado a buscar el apoyo de Laomedón, rey de Troya, y una vez instalado en su reino ayudó a este príncipe a construir las murallas de la ciudad.
Apolo también colaboraba, a su manera, en la gran empresa; a los acordes de su lira, los obreros trabajaban con más ardor; las princesas troyanas les animaban con su presencia, tejiendo a las orillas del mar los peplos y velos con que se embellecían. Como premio de esta inesperada ayuda, Laomedón prometió cuánto le pedían; como salario debía pagar una considerable suma.
Arrojado pues de la mansión divina, se vio obligado a buscar el apoyo de Laomedón, rey de Troya, y una vez instalado en su reino ayudó a este príncipe a construir las murallas de la ciudad.
Apolo también colaboraba, a su manera, en la gran empresa; a los acordes de su lira, los obreros trabajaban con más ardor; las princesas troyanas les animaban con su presencia, tejiendo a las orillas del mar los peplos y velos con que se embellecían. Como premio de esta inesperada ayuda, Laomedón prometió cuánto le pedían; como salario debía pagar una considerable suma.
