Ésta es la historia de una doncella, hija de un señor llamado Cuchumaquic.
Llegaron estas noticias a oídos de una doncella, hija de un Señor. El nombre del padre erea Cuchumaquic y el de la doncella Ixquic.
Cuando ella oyó la historia de los frutos del árbol, que fue contada por su padre, se quedó admirada de oírla.
—¿Por qué no he de ir a ver ese árbol que cuentan? —se preguntó la joven—. Ciertamente deben ser sabrosos los frutos de los que oigo hablar.
A continuación se puso en camino sola y llegó al pie del árbol que estaba sembrado en Pucbal-Chah.
—¡Ah! —exclamó—, ¿qué frutos son los que produce este árbol? ¿No es admirable ver cómo se ha cubierto de frutos? ¿Me he de morir, me perderé si corto uno de estos frutos? —dijo la doncella.
Habló entonces la calavera que estaba entre las ramas del árbol y dijo:
—¿Qué es lo que quieres? Estos objetos redondos que cubren las ramas del árbol no son más que calaveras. Así dijo la cabeza de Hun-Hunahpú, dirigiéndose a la joven. —¿Por ventura los deseas? —agregó.
