El Descubrimiento de América y las colosales riquezas de oro, plata y piedras preciosas encontradas en los imperios aztecas, chibchas e incas, predispuso a los españoles a creer en la existencia de nuevas y más maravillosas riquezas en el Nuevo Continente.
Sin conocer la geografía de las inmensidades de tierras vírgenes que los rodeaban y escuchando los relatos de los nativos, muchas veces confusos y otras muchas también interesados en alejarlos lo más posible de sus comarcas, los españoles con tesón y audacia se internaron por selvas, serranías y desiertos, cruzaron muchas veces una de las cordilleras más altas del planeta, siguiendo tras un mito o un espejismo.
Ni abismos ni torrentosos ríos, nada los detuvo. Ambición desmedida de riquezas, han dicho algunos. Tal vez, es posible. Pero también, siempre llevaron consigo la Cruz de Cristo y el mensaje de amor de su Evangelio para convertir a los nativos.
Fueron Descubridores, Adelantados, Conquistadores, pero también fueron colonizadores. Allí están como muestra las hermosas ciudades coloniales que hoy el mundo admira en su arquitectura y expresión del amor de esos hombres por las tierras que descubrían. Y allí está la raza que crearon, en esa "otra España" que se prolonga desde el Trópico de Cáncer hasta el mismo Polo Sur.
