En compensación del culto exclusivo existente en Egipto, el culto popular hacia gala de su ímpetu y fervor con ocasión de las fiestas religiosas. Por lo menos una vez al año, de la misma manera que el faraón accedía de vez en cuando a mostrarse, con gran pompa, ante el pueblo en las calles de la ciudad o en los lugares adecuados a ello, se efectuaba la aparición de la divinidad. La ceremonia se esperaba con gran impaciencia.
Los textos egipcios la llaman "la salida del dios". La estatua o estatuas eran sacadas en procesión y los sacerdotes las exponían a la veneración general durante las paradas o estaciones. Terminada la procesión, los fieles, peregrinos o no, sacrificaban en honor de la deidad y se entregaban después al placer. De esta suerte se conmemoraban los acontecimientos más notables de la vida terrena del dios, tales como su nacimiento o su triunfo sobre sus enemigos.
Había, además, otras fiestas especiales, como la del Año Nuevo, la neomenia (primer día de la Luna), la crecida del Nilo, el principio del laboreo y la cosecha.
Entre las ceremonias, merecen citarse las visitas que efectuaban las estatuas de los dioses a las divinidades de las ciudades vecinas, a fin de participar en sus fiestas, lo que se realizaba en barca; las fiestas, que pueden calificarse hasta cierto punto de gremiales, durante las cuales las calles se mantenían iluminadas de noche, en tanto que de día la imagen de la deidad recorría todos los barrios de la urbe y sus suburbios, en varias fechas seguidas, y se albergaba, al anochecer, en capillas especiales dispuestas a lo largo del itinerario.
