En la Basílica de San Pietro in Vincoli, hay una magnífica estatua que allá en el siglo XVI estuvo destinada a figurar entre otras muchas en el ostentoso panteón de Julio II, el papa belicoso que prefirió ceñir la espada de S. Pablo a ostentar en su diestra los pacíficos atributos del príncipe de los apóstoles.
Aquella estatua es la obra más colosal del coloso del Renacimiento. Tan imponente y majestuosa es la expresión de su semblante adornado por las ensortijadas guedejas de su cabellera que se confunde con su barba larga y poblada, descendiendo de una frente verdaderamente augusta que recuerda los rasgos de que dotó la antigüedad clásica a Júpiter Tonante.
Esta estatua prodigiosa, representa a Moisés, el insigne libertador, el inspirado profeta, el legislador sapientísimo del pueblo hebreo.
No creemos que, hasta humanamente hablando, pueda encontrarse más vigorosamente marcada la huella de la predestinación en la existencia de un mortal que en la de este hombre extraordinario que tan poderosa influencia ha tenido en la civilización del linaje humano.
Nadie desconoce el sencillo relato que encabeza el Éxodo. Los hijos de Israel hablan crecido y se hablan multiplicado como la yerba desde que entraron en Egipto con Jacob, de manera que en el espacio de doscientos quince años que trascurrieron desde su entrada hasta su salida de aquel reino, llegaron al número de mas de seiscientos mil hombres capaces de llevar las armas.
Aquella estatua es la obra más colosal del coloso del Renacimiento. Tan imponente y majestuosa es la expresión de su semblante adornado por las ensortijadas guedejas de su cabellera que se confunde con su barba larga y poblada, descendiendo de una frente verdaderamente augusta que recuerda los rasgos de que dotó la antigüedad clásica a Júpiter Tonante.
Esta estatua prodigiosa, representa a Moisés, el insigne libertador, el inspirado profeta, el legislador sapientísimo del pueblo hebreo.
No creemos que, hasta humanamente hablando, pueda encontrarse más vigorosamente marcada la huella de la predestinación en la existencia de un mortal que en la de este hombre extraordinario que tan poderosa influencia ha tenido en la civilización del linaje humano.
Nadie desconoce el sencillo relato que encabeza el Éxodo. Los hijos de Israel hablan crecido y se hablan multiplicado como la yerba desde que entraron en Egipto con Jacob, de manera que en el espacio de doscientos quince años que trascurrieron desde su entrada hasta su salida de aquel reino, llegaron al número de mas de seiscientos mil hombres capaces de llevar las armas.
