Los faraones más notables de la dinastía XVIII, con el encumbramiento de Amón-Ra como dios de la familia reinante, asistieron al beneficio inaudito que los sacerdotes obtenían de su culto.
El clero egipcio había consolidado su poder, que llegó a ser asfixiante, al recibir una parte de los tesoros capturados al enemigo, en las campañas de expansión territorial, y de los cautivos hechos al adversario, amén de las donaciones de tierras debidas a la piedad de los príncipes y altos dignatarios. Así, el templo de Karnak llegó a ser una enorme construcción de esplendor inconcebible.
Amenofis (1408-1372) se percató del creciente peligro que significaba para la autoridad real el poderío del sacerdocio. Como expediente con que aminorarla, se decidió a trasladar su palacio lejos del santuario.
