¿Quién no ha oído hablar una y mil veces de las Hadas, de esos genios graciosos y amables que habitan las húmedas cavernas de los bosques, teniendo por lecho el musgo que tapiza los bordes del cristalino arroyo, por cortinas las floridas ramas de los matorrales y por compañeros los pájaros de la floresta y los animales montaraces que sumisos y cariñosos les prestan vasallaje?
¿Quién no ha oído relatar los maravillosos hechos de esas deidades que pueden a su antojo convertir la humilde cabaña en suntuoso alcázar y el más espléndido palacio en asquerosa pocilga; que borran con su mágica varita las arrugas de la vejez y las gracias de la adolescencia, trasformando al achacoso anciano en bizarro mancebo y a la muchacha insolente y perversa en decrépita setentona?
¿Quién no sabe que esas ninfas son las que llevan al cielo las almas de los niños que mueren a los pocos días de su nacimiento y las que acudiendo a la cuna del recién nacido lo adornan de las cualidades que deben hacerlo amable, feliz y respetado en esta efímera existencia?
Leed las tradiciones populares de Bretaña y Escocia, los cuentos del francés Perrault, los de Madame d' Aulnoy, la leyenda del sabio Merlin, los libros de caballerías, los poemas de Tasso y Ludovico Ariosto y os asombraréis del poder y la sabiduría de esos seres que unos han hecho derivar de las faunas romanas y otros de las druidesas de la Armórica.
