Los japoneses proceden de la mezcla de pueblos de diverso origen (y lo mismo puede afirmarse de su cultura), llegados en su mayoría del continente asiático. No obstante, aprovecharon elementos tan dispares con tanta habilidad, que consiguieron crear una de las civilizaciones más típicas del mundo. Ello se prueba con el hecho de que, prescindiendo del sintoísmo (religión nipona autóctona), Japón supo matizar el budismo, que en él tiene una larga historia, con la creación de una doctrina y una secta tan característica como el zen, la cual modeló de modo decisivo gran parte de su civilización.
Guerreros enamorados de las artes y las letras
Es poco lo que se sabe de Japón en la edad anterior a la historia. En el siglo IX a. de J. C., se hallaba habitado por los ainos, protocaucásicos, de tez blanca y barbados, a los que grupos étnicos emigrantes (los futuros nipones), salidos del Asia oriental, Malasia y Polinesia, desplazaron hacia el norte.
Hacia el siglo VI anterior a la era cristiana, los invasores estaban repartidos en tribus, que luchaban sin descanso entre sí por la propia hegemonía. Finalmente se impusieron los jefes más progresistas, es decir, los que habían sido educados en la cultura córeana. Así, en el siglo V, surgió en el centro de Japón el gobierno de los Yamato, que es posible considerar como el inicio de la tradición imperial japonesa.
Sin embargo, la cohesión del poder no empezó a apuntarse hasta bastante después, gracias a las campañas contra Corea, durante las cuales, hacia el año 400 d. de J. C., la cultura china, y con ella la escritura, entró en el archipiélago.