Los belicosos pueblos del Norte no se limitaban a hacer valerosamente la guerra a los espíritus de los difuntos, sino que hasta se atrevían a arrostrar la indignación de las divinidades superiores de su mitología, aunque solo fuese para demostrar que no había en el mundo un ser capaz de amedrentar su ánimo.
Bien lo prueba la singular aventura de un valeroso joven que al cruzar una cordillera de desiertas y estériles montañas en Islandia, encontró un enorme carromato en el cual llevaban un ídolo colosal de la diosa Freya, a la cual hacían viajar con todos sus tesoros.
La urna o santuario del ídolo estaba escondido a los ojos del público por unas grandes cortinas y custodiaba el carro una sacerdotisa de Freya, joven y muy agraciada.
Se cercó a ella el viajero y como iba a pie la sacerdotisa, no le disgustó tener por guía y compañero de viaje a un tan arrogante mancebo. Sucedió que al cabo de algunos momentos la conversación que éste y la sacerdotisa entablaron no fue tan del agrado de la diosa como de los interlocutores, por lo que haciendo una señal que la joven comprendió muy pronto, la mandó entrar en el santuario.
