Los belicosos pueblos a quienes apellidó bárbaros la soberbia romana, tenían muchas supersticiones. Sería largo documentar todas y cada una de ellas aunque dedicásemos a su realización el dilatado espacio de muchos años.
En medio del perpetuo batallar de aquel espirante coloso que había sojuzgado a casi todas las naciones con el formidable tropel de enemigos que de todas partes acudían a repartirse sus despojos; en medio del incesante vaivén de las emigraciones que arrojaban las tribus del Norte y del Oriente como una avenida devastadora sobre el opulento y decrépito imperio que por espacio de tantos siglos los mantuvo a raya, se veían aparecer de cuando en cuando algunas sombras de vago contorno, algunos mitos de indefinida significación, muy distintos de los viejos dioses de la Hélade y del Lacio.
Eran las rudas deidades del naturalismo, grosera concepción de unas hordas montaraces destituidas de toda cultura y cuya superstición feroz y agreste hacia vivísimo contraste con las magníficas pompas, los espléndidos sacrificios y el refinado sensualismo artístico y literario del culto romano.
