domingo, 11 de septiembre de 2016

JÚPITER E IO


Juno pasaba por tener un carácter desagradable, irascible y quisquilloso, y los partidarios de Júpiter se aprovechaban de ello para justificar sus fugas aventureras y aventuradas. Pero, hay que confesar, que Júpiter iba un poco lejos en sus fantasías y que se tomaba esas cosas con demasiado desahogo.

¿De qué lado habían surgido los primeros motivos? No lo sabemos. Sobre lo que todo el mundo está de acuerdo, es, precisamente, en el desacuerdo conyugal que reinaba en el seno del divino matrimonio.

Juno era cada día más insoportable y ejercía sobre los actos de Júpiter una vigilancia cada vez más minuciosa y severa. Su desconfianza, continuamente alerta, hizo que se fijara en las exageradas asiduidades de su inconstante esposo para con la casta Io, hija de Inaco, rey de Argos.

Júpiter, por su parte, no dormía. Con la buena intención de sustraer la hermosa criatura a la temible influencia de su compañera, recurrió una vez más a su estratagema habitual, la metamorfosis. Ahora que, por esta vez, la transformación no se operó en él sino en la deliciosa Io, la cual se convirtió en una exquisita ternera, blanca como la leche, ágil como ninguna otra, pues no tenía igual, saltando y corriendo por los prados llenos de flores y arrayán.

No viendo más a la joven Io, que hasta entonces formaba parte de su séquito, y sorprendida, al propio tiempo de la súbita aparición de la ternerita, Juno sintió enseguida que la sorpresa invadía su alma; creyó en alguna superchería y, concentrando sus dudas y su cólera, simuló discretamente un gran cariño por el animalito; empezó por mimarle y llenarle de caricias, le daba con su propia mano las hierbas más perfumadas y delicadas que encontraba; llegó a realizar tan bien su papel que Júpiter accedió a sus súplicas de que le regalara la preciosa ternera.

En cuanto la tuvo en su poder, la reina de los Dioses pensó en que ya no podía escapársele. Para más seguridad propuso todavía al pastor Argos que cuidara exclusivamente de la vigilancia del animal.

Argos, preciso es decirlo, no era por cierto un pastor como la generalidad de los pastores. Dotado de cien ojos, podía mirar, al mismo tiempo, por cien lados distintos. Nada ni nadie podía escapar a su vigilancia.

Júpiter estaba preocupado. ¿Cómo poder burlar la vigilancia de semejante guardián? Una idea le tranquilizó. Recurrir a Mercurio, su fiel servidor de los pies ligeros. Sus órdenes fueron precisas y formales: matar a Argos y devolver la libertad a Io.

Mercurio se preparó a obedecer. Poco le costó encontrar el temible guardián, quien, desde su lugar de vigilancia, le mandó salir de allí. Pero Mercurio, sin tener en cuenta las órdenes de Argos, se le acerca insensiblemente, saca su flauta y deja oír unas melodías suaves y bellas. Argos las oye maravillado y cae en pleno éxtasis, mira por todas partes como si aquellos mágicos acordes lo transportaran a una visión de ensueño, escucha con todos sus oídos y se convence de que jamás había oído armonías como aquéllas.

¿De dónde procede este instrumento maravilloso?  preguntó a Mercurio.

Este le prometió decírselo, pero más tarde, y sin distraerse del objeto de su viaje, cubre con Adormideras la cabeza del singular pastor, quien no tarda en dormirse y encuentra la muerte bajo la espada vengadora del mensajero de los Dioses.

lo está dispuesta a escaparse y se prepara. Pero Juno se entera de todo y, no pudiendo vengarse de Júpiter, concentrará su furor contra la infortunada hija de Inaco.

La pobre ternerita será picada por el venenoso insecto, terror de los rebaños. La infeliz criatura metamorfoseada, llena de terror por las agudas picadas de los insectos, ve su lindo vestido blanco manchado por horribles úlceras sanguinolentas. Y sale de allí y huye corriendo a través de campos y montañas, atraviesa el Mediterráneo nadando y cae rendida sobre la tierra de Egipto.

Júpiter va a su encuentro y le devuelve su primitiva forma: Epafo le dará más tarde el dulce nombre de madre. Los egipcios le elevaron un templo bajo el nombre de Isis.

Respecto a Argos, Juno sembró sus innumerables ojos en la cola del pavo real, su pájaro favorito.


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